Nadie lo notó, no hubo miradas ni porqués… pero cuando decidí tan solo
disfrutar, lloré.
La época impresionista, “Pequeña Suite” era su nombre, melodía romántica,
suave y nostálgica; quizás si hubiera sido la 5º melodía, es decir la siguiente,
la elegida para cerrar los ojos, ninguna lágrima hubiera derramado, pero un
recuerdo más que sublime debía sacar de esta jornada. Y ahí estaba yo, sentada
en una butuca del Teatrín de Humanidades de la UNT, con gotas cuajadas de roció
colgando de trémulas pestañas y disfrutando del I concierto de la Orquesta
Sinfónica de Trujillo, era su canción número 4 y por razones que desconozco, me
ablandó el corazón.
Ahora recuerdo como empezó…
Un elegante traje y un hermoso vestido azul eléctrico dieron la bienvenida
al majestuoso arte que daría comienzo minutos después. Observe al chico sentado
delante de mí, para cuando reaccioné, sus manos ya habían estrujado y estirado
por segunda vez el programa del concierto, no supe si interpretarlo como un
signo de dejadez y total desinterés o quizás tan sólo como un impulso del
aburrimiento y chacota entre amigos… en fin, menee la cabeza y lo dejé pasar. “Este telón se abre para recibir al maestro Teófilo Álvarez” exclamó la
dama de azul… y todos irrumpieron en
aplausos cuando un señor de aproximadamente 50 años (siempre tan mala para adivinar
edades), de baja estatura y algo canoso, tenía la piel morena y dulce sonrisa… ¡tenía
frente a mí a una artista! Tenía frente a mí al, textualmente mencionado, maestro
Teófilo Álvarez, pero debo ser sincera y su nombre jamás sonó antes en mis oídos…
y como para continuar con mi desfogo, nunca había asistido al concierto de una
orquesta sinfónica; sin embargo, eso no significa que no me haya interesado,
son aquellas pasiones que cautelosas habitan el corazón de las personas y se
guardan expectantes a que un motivo, una persona o un trabajo de la universidad
les dé la mejor oportunidad para florecer…
7 y 56 minutos (según marcó mi celular, no me gustan los relojes) y las
luces se apagaron, y automáticamente todos supimos que el espectáculo había comenzado…
con la voz algo ronca anuncio “La Primavera” de Antonio Vivaldi, contextualizado
en la época barroca. Juan José Ortega sería el solista con el violín, por
razones que no llegué a entender, las luces se encendieron nuevamente y
permanecieron así durante todo el concierto. Una chica entre los músicos, me
percate de la presencia de solo dos señoritas, y eso que no fue hasta el final
que vi a la segunda. Su largo y sonoro bostezo llamó mi atención y no comprendí
como es que esperaba interés por parte del público (imagino eso espera todo
artista) cuando ella misma añoraba con ir a su cama y soltarse a Morfeo, pero
el tocar de todos los ahí presentes, hicieron que mis ojos sobre la chica se desplacen hasta el
movimiento de brazos del director filarmónico, mientras mueve la batuta de
arriba abajo y violines, violas, violonchelos, clarinetes y contrabajo inician
un camino de sensibilidad… terminó la primera canción.
Época Clásica, W.A. Mozart: “Sinfonía Nº40 – En el sol menor”, aunque en
ese momento no tenía idea de que empezaban a tocar, la chica parece haber despertado y toca la flauta traversa con puro
fulgor. Una música rápida, un compás tosco pero elegante, el chelo parece guardarse
cauteloso hasta otra pieza y levemente se hace sonar. El clarinete es un silbido
del viento y el violín… el violín se lleva el protagonismo.
“Es un tour romántico a través del tiempo, esta melodía se deja al libre
albedrío, no tan vacío, más bien espiritual”…así dan inicio al 3º tema de la
noche, en este caso el papel principal lo tendrá un violonchelo, el solista
guarda tristeza en la mirada, o al menos eso percibo yo, el bajo, el clarinete
lo acompañan en su agonía, en el dolor que ya flota en el ambiente, una
señorita detrás de mí, permanece con los ojos cerrados, pero no duerme…siente.
La batuta del director va hacia arriba, abajo, luego ambas manos, la izquierda
se sacude a los lados, y ambas empiezan a marcar el ritmo al violín pum, pum, pum, el contrabajo y el bombo le ponen punto final.
Luego, mi punto de quiebre, la 4º melodía.
“Debo observar los detalles” me dije a mi misma, el chico del programa arrugado tenía la mirada fija delante… uno
que otro embelesado, un par por ahí de enamorados, a mi derecha las cámaras
lanzaban los fash y debo decir que ninguno conversando… y era de esperarse.
La 5º melodía me transportó en el tiempo, cuando la presentaron dijeron que
databa del siglo XX, después de la II guerra mundial, una composición de ballet,
aunque la afirmación sea algo irónica…algo que entendí luego de escucharla. Su
nombre era “Trabajadores agrícolas” y cuando el violín y el clarinete iniciaron
una marcha de batalla, seguido de los timbales parecían marcar el paso de
soldados romanos (al menos en mi mente, contrario a la introducción dada), con
el estandarte levantado y todos con pie derecho y luego izquierdo, seguían el
paso del violonchelo, y ¡suenan los tambores! Retumban las trompetas y los
clarinetes no dejan de sonar, se inflan sus cachetes ¡por Dios, cuanto
aire! Los soldados no se han detenido,
ellos nunca descansan, continúan marchando y la viola da la fuerza, suben y
bajan el arco definiendo sus tonadas, y un indicador con la mano, ambas manos a
cada costado y un fuerte sonido acabó con la travesía… ¡hasta me sobresalté!
¡Y el público se pone de pie, yo también aplaudo con fuerza! Todos sonríen,
todos satisfechos, esta magia no vale 2 soles… ¡Vale cuanto más! Pero la
orquesta Sinfónica de Trujillo decide obsequiarnos un bonus track, el “himno al sol”, que según detallaron es lenta y
tiene huayno en su continuación; un silbido de violas y violines inician la
suave melodía, pero el sonido del tambor y tarola marcarán el huaynito, y ¡los oyentes empiezan a
zapatear! El ligero movimiento de hombros se hace presente y todos los
instrumentos parecen decir adiós.
No hay comentarios:
Publicar un comentario